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Universidad de La Habana. ¿Sabías que la universidad más antigua de Cuba fue el escenario de una revuelta estudiantil que transformó para siempre la enseñanza y la gobernanza en la isla? En 1935, un grupo de jóvenes tomó las aulas de la Loma de Aróstegui y exigió autonomía, libertad académica y participación democrática, dando inicio a la reforma universitaria más influyente de la historia cubana.

Tabla de contenidos
Universidad de La Habana: Los orígenes reales: de la Real y Pontificia Universidad a la cuna del pensamiento cubano
La Universidad de La Habana fue oficialmente fundada el 5 de enero de 1728, cuando el rey Felipe V de España firmó el Real Cédula que autorizaba su creación. Con el nombre de Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, la institución comenzó a impartir clases en 1730 en un edificio situado frente a la Catedral de La Habana, en el corazón del casco colonial.
Para más contexto, consultá también Universidad de La Habana (Wikipedia).
Sus primeras facultades fueron Artes, Teología y Derecho, y poco después se incorporó la Medicina, convirtiéndose en un verdadero semillero de profesionales que servirían al virreinato y, más tarde, a la naciente república.
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El contexto de la fundación era la necesidad de contar con una élite culta que pudiera administrar los asuntos civiles y eclesiásticos de la isla. Hasta entonces, los cubanos que deseaban estudios superiores debían viajar a la Universidad de Salamanca o a la de Sevilla, limitando el acceso a la educación a una minoría acomodada.
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La creación de la universidad cubana, sin embargo, abrió la puerta a una clase media emergente que comenzó a formarse en letras, leyes y medicina sin abandonar la isla. Este hecho, aunque poco destacado en los libros de historia general, sentó las bases de una cultura académica que, con el tiempo, alimentaría los movimientos políticos más decisivos del país.
Durante el siglo XVIII y principios del XIX, la universidad mantuvo una estrecha relación con la Iglesia y el poder colonial, pero también se convirtió en un espacio donde circulaban ideas ilustradas provenientes de Europa. Los libros de Locke, Montesquieu y Rousseau llegaron a sus bibliotecas, generando un sutil pero constante cuestionamiento de la autoridad monárquica.
Así, la Universidad de La Habana comenzó a ser vista no solo como un centro de formación profesional, sino como un crisol de pensamiento crítico que, años más tarde, alimentaría la lucha por la independencia de Cuba.
El caldo de cultivo de la protesta: la Universidad en la lucha por la independencia
A medida que la corriente independentista se intensificó a finales del siglo XIX, la Universidad de La Habana se transformó en un punto de encuentro para jóvenes intelectuales que soñaban con una Cuba libre. En 1868, cuando estalló la Guerra de los Diez Años, muchos estudiantes y profesores se alistaron en los ejércitos insurgentes o apoyaron clandestinamente la causa mediante la difusión de panfletos y la organización de tertulias políticas.
La propia sede universitaria fue escenario de reuniones secretas de sociedades como La Juventud, cuyo objetivo era promover la emancipación mediante la educación y la acción directa.
La represión colonial no tardó en responder. En 1871, la autoridad española cerró temporalmente la universidad y expulsó a varios docentes acusados de subversión. Sin embargo, esta medida solo reforzó la percepción de la institución como símbolo de resistencia.
Cuando la Guerra de Independencia se reactivó en 1895, la Universidad volvió a ser un hervidero de ideas revolucionarias; figuras como José Martí, aunque no estudiante de la UH, mantenían estrechos vínculos con sus alumnos y utilizaban sus escritos como material de estudio.
Tras la independencia formal en 1902, la universidad heredó la tarea de formar a los nuevos líderes de la república. No obstante, la transición no fue sencilla: los gobiernos de la primera mitad del siglo XX intentaron controlar el discurso académico para evitar la reaparición de movimientos radicales.
Esta tensión entre la autonomía académica y la intervención estatal sentó las bases de la confrontación que estallaría en la década de 1930.
La reforma de 1935: cómo un grupo de estudiantes transformó la educación superior cubana
En el verano de 1935, la Universidad de La Habana vivió una de sus etapas más turbulentas y decisivas. Un grupo de estudiantes, liderado por jóvenes como Eduardo Chibas y otros representantes del movimiento estudiantil, ocupó el campus de la Loma de Aróstegui exigiendo autonomía universitaria, co‑gobernanza entre profesores y alumnos, y la garantía de la libertad académica.
Las protestas se intensificaron el 2 de septiembre, cuando la policía intentó desalojar a los manifestantes y se produjeron enfrentamientos que dejaron varios heridos.
La presión estudiantil obligó al presidente interino Carlos Mendieta a convocar al Congreso Nacional para debatir una ley que regulara la relación entre el Estado y la Universidad. El 14 de septiembre de 1935 se promulgó la Ley de Autonomía Universitaria, la primera en América Latina que reconocía la capacidad de la universidad para autogobernarse, elegir a sus autoridades y definir su plan de estudios sin interferencia directa del gobierno.
La normativa también estableció la creación de un Consejo Universitario integrado por representantes del profesorado, el estudiantado y el personal administrativo, garantizando así una participación democrática en la toma de decisiones.
La reforma de 1935 no solo cambió la estructura institucional; también abrió la puerta a una nueva generación de intelectuales críticos, científicos y artistas que encontraron en la Universidad un espacio libre para investigar y crear. El impacto se sintió rápidamente en la expansión de carreras como la Ingeniería, la Arquitectura y las Ciencias Sociales, y en la consolidación de la Universidad como motor de desarrollo nacional.
Este episodio, aunque poco recordado fuera de los círculos académicos cubanos, constituye una de las transformaciones más importantes de la educación superior en la región y muestra cómo la acción colectiva de estudiantes puede reconfigurar el futuro de una nación.
La influencia de la reforma de 1935 en la organización estudiantil
La reforma de 1935 introdujo la figura del consejo universitario con representación estudiantil, un paso que cambió radicalmente la forma en que los alumnos podían incidir en la gestión académica. A partir de entonces, los estudiantes comenzaron a estructurar sus propias organizaciones, sentando las bases de la Federación Estudiantil Universitaria que surgiría en los años posteriores.
Este modelo de participación directa inspiró a otras instituciones cubanas a replicar estructuras similares, fortaleciendo una cultura de autogestión y debate interno. Además, la normativa exigía la creación de asambleas generales donde se discutían temas académicos y políticos, lo que fomentó una mayor conciencia cívica entre los jóvenes universitarios.

El legado arquitectónico y cultural del campus tras la reforma
Tras la aprobación de la reforma, la Universidad de La Habana experimentó una fase de expansión física que buscaba adecuar sus instalaciones a las nuevas exigencias académicas. Se construyeron nuevos pabellones de laboratorios y se ampliaron bibliotecas, entre ellas la Biblioteca José Martí, que se convirtió en un punto de referencia para la investigación. Estos cambios no solo mejoraron la infraestructura, sino que también reflejaron un compromiso con la modernización del saber cubano.
El campus, al adoptar estilos arquitectónicos más funcionales, se transformó en un espacio donde convergían la tradición colonial y la visión progresista de la década de 1930, dejando una huella que aún se percibe en la vida universitaria actual.
Legado y repercusión actual
A más de ochenta años de la reforma universitaria de 1935, la Universidad de La Habana sigue siendo el punto de referencia para los debates sobre autonomía, democratización y vinculación social de la educación superior en Cuba.
Los principios que surgieron entonces –participación estudiantil en la gestión, currículo orientado a las necesidades nacionales y apertura a la investigación aplicada– se reflejan en la normativa actual del Sistema Universitario Cubano y en la forma en que los centros de estudio colaboran con el sector productivo.
Además, la experiencia de 1935 inspiró movimientos posteriores, como la reforma de 1976 y los ajustes de la década de 1990, que retomaron la idea de una universidad al servicio del pueblo. En la práctica, la tradición de asambleas estudiantiles y de consejos académicos, instaurada en la década de 1930, continúa siendo una herramienta esencial para la toma de decisiones y para la defensa de la autonomía institucional frente a presiones externas.
Conclusión:
La Universidad de La Habana, fundada en 1728, se convirtió en el escenario inesperado de una de las transformaciones más profundas de la educación cubana cuando, en 1935, un grupo de docentes, estudiantes y políticos impulsó una reforma que buscaba romper con el modelo colonial y alinearse con los intereses del país.
La medida introdujo la autonomía universitaria, la participación directa de la comunidad académica en la gestión institucional y la reorientación del currículo hacia las ciencias sociales y la economía, áreas clave para el desarrollo nacional. Aunque la reforma fue rápidamente reprimida por los cambios políticos de la época, sus ideas perduraron y sirvieron de base para posteriores procesos de modernización educativa.
Hoy, reconocer a la Universidad de La Habana como el epicentro olvidado de esa revolución académica permite entender cómo, a través de la persistencia de sus principios, la educación superior cubana ha logrado mantenerse como motor de cambio social y cultural, a pesar de los vaivenes históricos.
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